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Tropismos

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El poemario Tropismos de Victoria Rittiner Basaez se abre con una definición del mundo de la biología: “Tropismo: fenómeno biológico que designa la tendencia de un organismo a reaccionar de una manera definida a los estímulos exteriores”. De esta manera, ya desde el título y a través del sistema de paratextos, el libro propone el cruce de dos discursos: uno que admite definiciones y otro que las distorsiona y las reinventa. Lejos de transformar en certeza lo que es múltiple, el libro se instala en el conflicto: en lo que se mueve, como una planta, según las leyes de la sensibilidad. Pero esas leyes no pueden sujetarse a una razón científica, también se mueven, y desplazan al lenguaje hacia la zona inestable de los tropos poéticos.

El primer poema anuncia un tropismo negativo (-) y simula orientar- nos en la lectura: la palabra sobre la que se insiste es no: “No quiero caminar con vos/por la peatonal”. Pero este lugar seguro, donde el signo negativo es alejamiento, distancia o diferencia, es sólo la base para las próximas conmociones: ¿qué pasa cuando en un tropismo aparentemente positivo (+) aparece una imagen como: “lo que puedo entender/se asemeja a la inminencia/de una inundación”? Una fuerza externa arrasa la calma de lo que se quiere cerca, y la proximidad se vuelve también un peligro: “las cosas lindas/te pegan una piña/donde más te duele”.

El libro es, por otra parte, una indagación en el universo de los sentidos, a la vez inmenso y frágil: los tropismos dependen de estímulos sensoriales, la presencia de la luz o de un sonido, del contacto con el agua o la tierra. En paralelo, entonces, afloran las canciones, los restos de conversaciones interrumpidas, el mundo sensorial cotidiano: el espejo del baño, un patio, unos platos, unos lentes. La realidad está siendo percibida en sus formas más minúsculas, y cada movimiento imperceptible puede ser vital. Al igual que una planta que no termina de someterse al cuidado, la estabilidad de los afectos se puede desmoronar en cualquier momento, por su propia intensidad: “hacer simbiosis/en tu cuerpo/y despedazarme el cráneo”. La vida de los sentimientos permanece en la tensión entre el deseo, la amenaza y la resistencia. ¿Resistir o no resistir? Parece ser la misma pregunta rebelde que se hacen las plantas al ver que se pretende cuidarlas: “Será que la vitalidad no es un proyecto”, conjetura el verso final del poema “Senescencia (+)”.

Esa entrega afectiva, pretendida y evitada, es un abrazo imposible, que puede formularse nada más en silencio, para poder volver a reformularse una y otra vez. Una forma de entregarse sin dejar nunca de estar buscando, que hace al cuerpo salirse de sí mismo, y el mínimo impacto de la luz sobre los ojos cerrados puede ser a la vez un movimiento brusco y un magnetismo.

Camila Urresti