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Xolopes

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Muchos escritores conciben el acto de escribir como una prolongación del acto de leer. Quien escribe transfigura sus lecturas no solo en páginas impresas, sino también en otros signos, sentimientos, suposiciones, recuerdos, acontecimientos azarosos.

Xolopes podría considerarse una novela sin narrador, o dicho de otro modo, una novela en la que aparecen entretejidas tantas voces que pareciera no haber ninguna, con primeras personas que no se sabe de dónde provienen y terceras personas no menos sospechosas, y el agravante de que la consiguiente multiplicidad de relatos hace estallar la unidad de acción y termina por enloquecer la brújula de la trama. Es posible, sin embargo, establecer un punto por el cual cruzan todas estas rectas: Cancún. El lugar marca el tiempo del relato y todo pasa a ocurrir “antes” y “durante” Cancún, en un instante multifacético en el que confluyen sucesos simultáneos (muertes, conspiraciones, sueños, excursiones, almuerzos) con distintos protagonistas. Vemos actuar y oímos a vendedores ambulantes, empleados de hotel, vacacionistas y lunamieleros en un entramado de géneros discursivos que van de la poesía a la crónica periodística, y que incluyen fotografías, recetas de cocina y hasta la bitácora de una revolución. La entonación que impregna el relato está signada por una ironía serena que no busca ser hiriente, sino más bien gozosa, carnavalesca.

Varios capítulos de la novela podrían considerarse autónomos, debido a sus atributos de microrrelato para que el lector complete “a gusto y piacere" los intersticios del texto. Esta apertura a la participación del receptor en la creación de sentido es fomentada también por la estructura fractal y lúdica de la novela: ciento treinta y siete capítulos que, por ejercicio de combinatoria pueden ser recorridos alternativamente según los hechos narrados y los voces narradoras.

Diego E. Suárez, para El Litoral